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Lengua y literatura

 


Comentario de texto:
"Don Quijote. Capítulo XLI"
De la venida de Clavileño,
con el fin desta dilatada aventura


 

La Dolorida, así como vio al caballo, casi con lágrimas dijo a Don Quijote:
- Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el caballo está en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con cada pelo dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no está en más sino en que subas en él con tu escudero, y des felice principio a vuestro nuevo viaje.
- Eso haré yo, señora Condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme; tanta es la gana que tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñas rasas y mondas.
- Eso no haré yo -dijo Sancho-, ni de malo ni de buen talante, en ninguna manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las ancas, bien puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estas señoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar de andar por los aires. ¿Y qué dirán mis insulanos cuando sepan que su gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa más, que habiendo tres mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el caballo se cansa o el gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de años, y ya ni habrá ínsula, ni ínsulos en el mundo que me conozcan; y pues se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la vaquilla acudas con la soguilla, perdónenme las barbas destas señoras, que bien se está san Pedro en Roma; quiero decir, que bien me estoy en esta casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo dueño tan gran bien espero como es verme gobernador.

 

 

1. LOCALIZACIÓN


El texto propuesto para el comentario es un fragmento del capítulo XLI de la segunda parte de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1615). Aunque concebido por Cervantes como una parodia cuya intención era ridiculizar los libros de caballerías tan en boga en la época, la maestría e innovación en el terreno novelístico que supuso El Quijote y su riqueza significativa es de tal alcance que se la considera indiscutiblemente una de las cumbres de literatura universal, una novela de novelas.
El pasaje que comentamos es una narración en la que el narrador (Cervantes) escribe en tercera persona omnisciente e introduce un diálogo en estilo directo entre la supuesta Condesa Trifaldi y don Quijote y Sancho. La postura del autor es paródica.

2. ARGUMENTO
 

El capítulo XLI se ocupa “De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura”. Don Quijote, por supuesto, ha aceptado el reto de Malambruno, y esa misma noche cuatro sirvientes del duque, disfrazados de exóticos salvajes, traen el caballo volador a los jardines del Palacio y se retiran. El fragmento que vamos a comentar es un diálogo que contiene el ruego de la condesa, que le pide no que no dilate más la empresa, y las reacciones de Don Quijote y Sancho Panza. Este diálogo manifiesta una vez más la contraposición entre el carácter del caballero, que está dispuesto a afrontar la aventura, y el del escudero, que se niega en principio porque le da miedo volar, aunque aduce que no puede dejar la ínsula sola.

3. T
EMA

 
El tema del fragmento está en consonancia con el resto de la obra: el contraste entre razón y locura; y entre el deseo de emprender acciones nobles y la burla de los que rodean a don Quijote y Sancho; la quijotización de Sancho, que se cree la burla de la Condesa Trifaldi.

4. ESTRUCTURA
 
De acuerdo con lo anterior, podemos distinguir en el texto tres partes, que corresponden a las intervenciones en el diálogo (estructura externa) de cada uno de los personajes:
· El ruego de la falsa Condesa Trifaldi.
· La respuesta de Don Quijote, que, conforme a su ánimo valiente y generoso, promete emprender de inmediato la aventura.
· La negativa de Sancho, que, en clara antítesis con su amo, manifiesta su carácter interesado y cobarde.
Estas tres partes, si dejamos de lado la frase inicial en tercera persona, coinciden con la estructura interna. La oposición entre el carácter del caballero y del escudero se destaca en las frases antitéticas con las comienzan su intervención.

5. ANÁLISIS DE LA FORMA PARTIENDO DEL CONTENIDO
 
Observaremos a continuación, en un análisis más detallado del fragmento, algunos rasgos característicos del estilo de la obra. El ruego de la condesa comienza después de una frase de introducción al diálogo. La condesa Trifaldi (nombre de por sí cómico formado sobre tri-faldi, que alude a las tres largas puntas de su falda, sostenidas por tres pajes) es también conocida con el no menos risible sobrenombre de La Dueña Dolorida. La Dolorida, adecuando sus gestos a su súplica, casi con lágrimas se dirige a Don Quijote. La situación ya es de por sí cómica: un mayordomo disfrazado de gran señora Trifaldi y con una poblada barba, que, con voz “basta y ronca” (como se dice en un capítulo anterior), interpreta su papel.
Y también es cómica la manera de formular su ruego. El mayordomo, para dar regocijo a los duques que presencian la escena, finge un habla cortés y comedida en la que introduce detalles grotescos. Se dirige respetuosa e irónicamente a Don Quijote (“Valeroso caballero”) y anuncia: “las promesas de Malambruno han sido ciertas: el caballo está en casa”, anuncio solemne (sin contar el ridículo nombre del gigante) de un hecho, al que sigue otro hecho igual de cierto pero nada solemne: “nuestras barbas crecen”, el cual conduce a una grotesca fórmula de súplica: “y cada una de nosotras y con cada pelo dellas te suplicamos”.
En lugar de suplicar con lágrimas, las dueñas suplican con cada pelo de sus barbas, como si el número de pelos sirviera para encarecer el ruego. Se trata, por supuesto, de crear un efecto cómico centrándose en el aspecto más risible y absurdo de la historia de la condesa: el crecimiento de las barbas, que contrasta con la apariencia de alta caballería del resto de la historia. Y, del mismo modo, lo que el mayordomo suplica no es que venza a Malambruno, sino que “nos rapes y tundas”, sustituyendo la victoria sobre Malambruno por su deseado efecto, y olvidándose por completo de lo que en teoría sería más importante: desencantar a su señora Antonomasia y a don Claviño. El carácter de los vocablos de la bimembración (rapar, coloquial, y tundir, impropio, pues significa igualar con tijeras el pelo de los paños) acentúa la comicidad de la súplica. El resto del ruego vuelve a los términos corteses.
La réplica de Don Quijote manifiesta, como hemos visto, su espíritu generoso y emprendedor: promete partir de inmediato, sin detenerse siquiera para tomar cojín (maleta de mano) ni calzarse las espuelas. Su modo de hablar, noble y sosegado, se manifiesta en elegantes fórmulas y tratamientos de cortesía y en bimembraciones (algunas con gradación, como “de muy buen grado y de mejor talante”): “Eso haré yo, señora Condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme; tanta es la gana que tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñas...”, pero al final, cuando esperamos algo así como desencantadas, que sería propio del habla elegante de Don Quijote, parece que Cervantes no puede resistir la tentación de rebajar cómicamente su lenguaje con una bimembración similar a la del mayordomo: “…rasas y mondas”. Un descenso no infrecuente en el Quijote, donde la adecuación entre el habla y la índole del personaje suele tener su excepción, precisamente, en estas inadecuaciones cómicas.
La negativa de Sancho, por último, nos mostrará por igual su carácter y los rasgos típicos de su habla popular. Aunque la condesa Trifaldi no se dirige a Sancho, en su súplica a Don Quijote le ha pedido que suba al caballo con su escudero y emprenda el viaje. También los fingidos salvajes que trajeron a Clavileño dejaron expresamente indicado que el escudero debía acompañar a su señor (de lo contrario no sería posible la burla urdida por los Duques). Nadie le ha pedido a Sancho su parecer, pero él, viéndolas venir, responde repitiendo en sentido contrario las palabras de su señor, para dar máxima rotundidad a su negativa:

(Don Quijote) - Eso haré yo… de muy buen grado y de mejor talante
(Sancho) - Eso no haré yo… ni de malo ni de buen talante, en ninguna manera

tras esta repetición antitética, continúa la negativa: ya puede buscarse su amo otro escudero, y las señoras otra solución. Todo ello sin dejar de mencionar el cómico motivo de las barbas: “y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las ancas, bien puede buscar mi señor otro escudero… y estas señoras otro modo de alisarse los rostros”
Siguen a la negativa sus confusas razones. La primera es que, si le viesen volar, podrían tomarle por brujo (superstición habitual en la época), con lo que perdería el crédito ante los ciudadanos de la ansiada ínsula que le ha prometido el Duque. El latinismo ínsula (=isla), habitual en los libros de caballerías, lo ha aprendido Sancho de Don Quijote sin entenderlo (para él viene a significar reino, ya sea en una isla o en tierra firme) y a partir de él deriva el término insulanos. Claro está que esta graciosa y peregrina excusa no logra ocultar su miedo, que es el verdadero motivo.
La segunda razón manifiesta, frente a la generosidad y caballerosidad con que Don Quijote promete emprender la aventura, el apego a sus intereses materiales. Si las cosas no saliesen bien, la lejanía del reino de Candaya podría retrasar su regreso seis años, con lo cual, “ya ni habrá ínsula, ni ínsulos en el mundo que me conozcan”. Esta repetición con cambio de género es un procedimiento coloquial típico para dar énfasis a la negación.
Y ante la posibilidad de perder la esperada ínsula, es mejor dejarse de aventuras y atenerse a la voz del sentido común, encarnada en los refranes que caracterizan el habla de Sancho. En este caso no los trae por los pelos a la conversación (de lo que se queja a menudo Don Quijote), pues los emplea tendenciosamente para justificar su interés y carencia de ánimo: “y pues se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la vaquilla acudas con la soguilla, perdónenme las barbas destas señoras, que bien se está san Pedro en Roma; quiero decir, que bien me estoy en esta casa”. En la tardanza que supondría el viaje hay el peligro de perder la ínsula, ínsula que cuando se la dan a uno hay que coger con la soguilla, por lo que es mejor no aventurarse y quedarse en casa del Duque como San Pedro en Roma. Pero también Don Quijote le aconsejaba que no amontonase innecesariamente los refranes, error en el que cae de nuevo Sancho. Y a este efecto humorístico se suma, una vez más, la alusión al motivo cómico de las barbas (perdónenme las barbas de estas señoras, en lugar de perdónenme estas señoras).

6. RELACIÓN DEL TEXTO CON LA OBRA Y CON LA ÉPOCA LITERARIA

El protagonista de la novela es Alonso Quijano, un hidalgo pobre que, enloquecido por su desmedida afición a los libros de caballerías, toma la determinación de convertirse en caballero andante y lanzarse en busca de aventuras en que pueda demostrar su valor, favorecer a los débiles y defender la justicia. Desde su segunda salida, el rústico Sancho Panza lo acompañará como escudero en sus múltiples aventuras.
En la primera parte, la locura de don Quijote deforma su percepción de la realidad, la cual acomoda a lo leído en las novelas de caballerías; así, las ventas se convierten en castillos, los molinos en gigantes, los rebaños en ejércitos… Y sus aventuras tienen casi siempre un final desastrado, del que Don Quijote culpa a encantadores enemigos suyos, los cuales, dice, transforman las cosas para robarle la gloria del triunfo. Pero en la segunda parte se produce un cambio significativo: Don Quijote raramente deforma la realidad, sino que son los demás personajes los que, conociendo su locura, le engañan e inventan falsas aventuras con mejor o peor intención.
Así, y con el mero fin de divertirse a su costa, unos duques acogen en su palacio a Don Quijote y a Sancho, e inventan la falsa aventura de Clavileño. Un día se presenta en el palacio la Condesa Trifaldi (que es un mayordomo de los duques disfrazado de señora) y, postrada a sus pies, pide ayuda a Don Quijote. La Condesa cuenta una rocambolesca historia: ella era una dueña al servicio de la princesa Antonomasia, y con sus tercerías favoreció los amores entre la princesa y don Claviño. La reina Maguncia, madre de Antonomasia, muere del disgusto al conocer los amoríos de su hija. En el entierro de la reina se presenta su primo, el gigante Malambruno, que como venganza convierte a la princesa Antonomasia y a Don Claviño en estatuas, y hace que les salga barba a la Condesa Trifaldi y a todas las demás dueñas. El gigante Malambruno establece que este encantamiento sólo se romperá sin Don Quijote le vence en desafío singular, y que pondrá a disposición de Don Quijote un caballo volador llamado Clavileño. Este caballo le conducirá a la lejana Candaya, país donde reina Malambruno, en el que se celebrará el desafío. Esta historia tan disparatada no está, sin embargo, muy alejada de muchos episodios de la peor novela de caballerías que parodia el Quijote. Eran frecuentes, en efecto, los encantamientos, los gigantes, los países exóticos y los caballos voladores; incluso los personajes podían tener nombres tan ridículos como éstos. El motivo más grotesco es el castigo de las dueñas, condenadas a llevar barba. Pero don Quijote, embebido en su mundo caballeresco, no pone en duda la historia en ningún momento; y también Sancho, en su simplicidad, la cree a pie juntillas.
El fragmento nos ha permitido comprobar algunos rasgos destacados de El Quijote. Uno de ellos es el carácter contrapuesto de los protagonistas, todavía de manifiesto pese a la evolución que han experimentado, y que se destaca especialmente en el texto gracias a la antítesis entre sus intervenciones. Otro aspecto es la adecuación del habla a la índole del personaje: fingidamente cortés en la Trifaldi, elegante y caballeresca en Don Quijote, popular y graciosa en Sancho Panza. Pero esta adecuación se rompe a veces, como hemos observado en la reiterada alusión a las barbas, con una finalidad cómica; en este caso para potenciar la parodia de la caballería mediante el continuo recuerdo del motivo más grotesco de la ya rocambolesca historia de la condesa.
Por otra parte, considerándolo dentro del conjunto de la obra, este capítulo es quizá el que comienza a despertar nuestra compasión hacia don Quijote, quien, pese a su locura y comicidad, se ha ganado nuestro afecto y admiración por su voluntarioso empeño en realizar una ideales que debieran ser posibles. Si la primera invención de los duques fue inocente (la aparición de Merlín, que dictamina tres mil trescientos azotes en las valientes posaderas de Sancho para desencantar a Dulcinea), esta segunda burla es también divertida pero manifiestamente cruel: el fingido vuelo de Clavileño terminará con una explosión del caballo que lanza por los aires a Don Quijote y Sancho. Por eso se ha podido decir, respecto al humor del Quijote, que “en esa sonrisa hay una lágrima”.
Miguel Cervantes Saavedra (1547-1616) logra con esta obra –como dijimos al principio- fama universal. El Quijote ha servido de inspiración para innumerables artistas a lo largo de los siglos. Es la principal obra de la narrativa en castellano. Desde ese punto de vista, es inclasificable. No obstante, se sitúa temporalmente a caballo entre la novela del Renacimiento y la del Barroco: en ella, aparte de la burla de las novelas de caballería, encontramos episodios picarescos (Los galeotes), sentimentales (Dorotea), pastoriles (Marcela y Grisóstomo), moriscos (El Cautivo). En definitiva, un compendio de la narrativa de ficción de la época.
El propio autor trabajó estos géneros, por ejemplo con su obra La Galatea (1585), novela pastoril, o Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), novela bizantina. Otra obra importante de Cervantes son las Novelas ejemplares (1613), doce relatos breves que van desde los más picarescos a los más idealizados.
 
7. CONCLUSIÓN

En suma, el pasaje que hemos comentado es muy significativo porque en él se contienen muchos de los rasgos que definen la personalidad de sus protagonistas, los temas que aparecen a lo largo de la novela y constituye una muestra clara de cómo es la prosa sencilla, pero multiforme, del genial autor español.

 



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