¿Cómo hablar
de la Eucaristía sin temblar? Nuestras palabras pueden deformar mucho lo
que es el misterio más grande de los Misterios de Dios. Somos como Moisés
ante la zarza ardiente, querríamos postrarnos en el suelo. El fuego del
Espíritu, el fuego del Amor arde en la Hostia, y no nos parece más que
pan, no vemos cómo se hace ceniza. ¡Cuando recibo este Cuerpo en el que
arde el amor, es un milagro el que mi carne no prenda fuego! […]
Ahora nos sumergimos en el silencio. ¿Por qué el silencio? Porque es el
canto más bello para la adoración. La Eucaristía es la Navidad: en Belén
todo está rodeado de silencio. A parte de la música celestial de los
ángeles, María, José, los pastores, los Magos, no dicen una sola palabra.
Su sorpresa es tan grande ante la belleza del Niño que no pueden decir
nada. Y él sólo habla con su sonrisa y con sus ojos. En sus ojos brilla la
luz del cielo, y la luz es silenciosa.
La Eucaristía es la Pasión de Jesús. Y durante la Pasión, Jesús calla.
Sólo pronuncia unas cuantas palabras, sobre todo las siete palabras en la
cruz: las últimas, su testamento. Pero hay un gesto que es más fuerte que
todas las palabras, es una firma al final de todas las demás, al final del
Evangelio: una palabra silenciosa, un gesto: su corazón traspasado por la
lanza. Inmenso grito, silencioso.
María y Juan no hablan: testigos silenciosos, todos están absortos por el
misterio… Y nuestro Santo Padre se ha convertido totalmente como en un
grito de silencio, inmenso, que grita ante el mundo, como Francisco: «¡El
Amor no es amado!». Y como Teresita [del Niño Jesús, ndr.]: «Amar es hacer
amar al Amor». Amar tanto que todos puedan amar al Amor, y dejarse amar.
La Eucaristía es la Resurrección. En el día de Pascua, Jesús invitó a
contemplarle en silencio: María Magdalena, los discípulos de Emaús, Tomás…
De su silencio sorprendido surgen algunas palabras, gritos de alegría:
¡Maestro amado! ¡Quédate junto a nosotros! ¡Señor mío y Dios mío! Es lo
que tenemos que decir hoy, con Francisco: «¡Mi Dios y mi todo!».
Y ahora Jesús, en el cielo, sigue caminando con nosotros y nos habla.
¿Cómo? Sobre todo con la Eucaristía. Y la Eucaristía es misterio de
silencio. Jesús nos espera. Nos escucha. Nos ama. ¿No es acaso el silencio
el lenguaje más fuerte del Amor? El lenguaje de un corazón que está
demasiado lleno, y al mismo tiempo demasiado herido [...].
El silencio de la adoración es un silencio que ama y que escucha. Escucha
porque ama. Ciertamente hay que aclamarlo, alabarlo, cantarlo, como los
jóvenes en la mañana de Ramos en Jerusalén (¡la primera Jornada Mundial de
la Juventud!). Jesús estaba tan contento que les defendió: si ellos
callan, las piedras gritarán. Pero después de haber cantado desgañitándose
y antes de recibir su bendición, tenemos que prestar oído, escuchar el
silencio, quizá Él tiene algo que decirnos. Dejémosle el micrófono. Él no
nos lo pide, porque es tímido, el Señor… Su voz discreta no se impone
nunca sobre nuestros decibeles. Susurra y yo no lo escucho […]. Quedémonos
aquí. Escuchemos. |