I.
NACIMIENTO E INFANCIA DE JESÚS
Genealogía de Jesucristo
(Lc 3,23-38)
1
1 Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
2 Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá
y a sus hermanos 3 Judá engendró a Farés y a Zara de Tamar, Farés engendró
a Esrón, Esrón engendró a Aram, 4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab
engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, 5 Salmón engendró a Booz de
Rahab, Booz engendró a Obed de Rut, Obed engendró a Jesé, 6 Jesé engendró
al rey David.
David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías, 7 Salomón
engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asá, 8 Asá
engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, 9
Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías,
10 Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a
Josías, 11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos cuando la
deportación a Babilonia.
12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a
Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, 13 Zorobabel engendró a Abiud,
Abiud engendró a Eliacim, Eliacim engendró a Azor, 14 Azor engendró a
Sadoc, Sadoc engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, 15 Eliud engendró a
Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob, 16 Jacob
engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado
Cristo.
17 Por lo tanto, son catorce todas las generaciones desde
Abrahán hasta David, y catorce generaciones desde David hasta la
deportación a Babilonia, y también catorce las generaciones desde la
deportación a Babilonia hasta Cristo.
Concepción virginal y nacimiento de Jesús
(Lc 1,26-38; 2,1-7)
18 La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba
desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había
concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
19 José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a
infamia, pensó repudiarla en secreto. 20 Consideraba él estas cosas,
cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa,
porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. 21
Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su
pueblo de sus pecados.
22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor
por medio del Profeta:
23 Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
a quien pondrán por nombre Emmanuel,
que significa Dios-con-nosotros.
24 Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había
ordenado, y recibió a su esposa. 25 Y, sin que la hubiera conocido, dio
ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.
Adoración de los Magos
2
1 Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos
Magos llegaron de Oriente a Jerusalén 2 preguntando:
—¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella
en el Oriente y hemos venido a adorarle.
3 Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda
Jerusalén. 4 Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los
escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.
5 —En Belén de Judá –le dijeron–, pues así está escrito por
medio del Profeta:
6 Y tú, Belén, tierra de Judá,
ciertamente no eres la menor
entre las principales ciudades de Judá;
pues de ti saldrá un jefe
que apacentará a mi pueblo, Israel.
7 Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó
cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; 8
y les envió a Belén, diciéndoles:
—Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis,
avisadme para que también yo vaya a adorarle.
9 Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y
entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de
ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. 10 Al ver la
estrella se llenaron de inmensa alegría. 11 Y entrando en la casa, vieron
al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron
sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. 12 Y, después
de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país
por otro camino.
Huida a Egipto. Muerte de los Inocentes
13 Cuando se marcharon, un ángel del Señor se le apareció en
sueños a José y le dijo:
—Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate
allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para
matarlo.
14 Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a
Egipto. 15 Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se
cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:
De Egipto llamé a mi hijo.
16 Entonces, Herodes, al ver que los Magos le habían engañado,
se irritó mucho y mandó matar a todos los niños que había en Belén y toda
su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que
cuidadosamente había averiguado de los Magos. 17 Se cumplió entonces lo
dicho por medio del profeta Jeremías:
18 Una voz se oyó en Ramá,
llanto y lamento grande:
es Raquel que llora por sus hijos,
y no admite consuelo, porque ya no existen.
Retorno a Nazaret
(Lc 2,51-52)
19 Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a
José en Egipto 20 y le dijo:
—Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de
Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño.
21 Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de
Israel. 22 Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre
Herodes, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea.
23 Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo
dicho por medio de los Profetas: «Será llamado nazareno».
II. PREPARACIÓN DEL MINISTERIO DE JESÚS
Predicación de San Juan Bautista
(Mc 1,1-8; Lc 3,1-18; Jn 1,19-34)
3
1 En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de
Judea 2 y diciendo:
—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
3 Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo:
Voz del que clama en el desierto:
«Preparad el camino del Señor,
haced rectas sus sendas».
4 Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor
de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre.
5 Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca
del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus
pecados. 7 Al ver que venían a su bautismo muchos fariseos y saduceos, les
dijo:
—Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que va a
venir? 8 Dad, por tanto, un fruto digno de penitencia, 9 y no os
justifiquéis interiormente pensando: «Tenemos por padre a Abrahán». Porque
os aseguro que Dios puede hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán.
10 Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo
árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego.
11 » Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que
viene después de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de
llevarle las sandalias. El os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.
12 Él tiene en su mano el bieldo y limpiará su era, y recogerá su trigo en
el granero; en cambio, quemará la paja con un fuego que no se apaga.
Bautismo de Jesús
(Mc 1,9-11; Lc 3,21-22)
13 Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser
bautizado por Juan. 14 Pero éste se resistía diciendo:
—Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?
15 Jesús le respondió:
—Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda
justicia.
Entonces Juan se lo permitió. 16 Inmediatamente después de ser
bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y
vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él.
17 Y una voz desde los cielos dijo:
—Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.
Ayuno y tentaciones de Jesús
(Mc 1,12-13; Lc 4,1-13)
4
1 Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser
tentado por el diablo. 2 Después de haber ayunado cuarenta días con
cuarenta noches, sintió hambre. 3 Y acercándose el tentador le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en
panes.
4 Él respondió:
—Escrito está:
No sólo de pan vivirá el hombre,
sino de toda palabra que procede
de la boca de Dios.
5 Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el
pináculo del Templo. 6 Y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está:
Dará órdenes a sus ángeles sobre ti,
para que te lleven en sus manos,
no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
7 Y le respondió Jesús:
—Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.
8 De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró
todos los reinos del mundo y su gloria, 9 y le dijo:
—Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.
10 Entonces le respondió Jesús:
—Apártate, Satanás, pues escrito está:
Al Señor tu Dios adorarás
y solamente a Él darás culto.
11 Entonces le dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le
servían.
PRIMERA PARTE
MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA
Predicación de Jesús
(Mc 1,14-15; Lc 4,14-15)
12 Cuando oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a
Galilea. 13 Y dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaún, ciudad marítima,
en los confines de Zabulón y Neftalí, 14 para que se cumpliera lo dicho
por medio del profeta Isaías:
15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí
en el camino del mar,
al otro lado del Jordán,
la Galilea de los gentiles,
16 el pueblo que yacía en tinieblas
ha visto una gran luz;
para los que yacían en región
y sombra de muerte
una luz ha amanecido.
17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir:
—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.
Vocación de los primeros discípulos
(Mc 1,16-20; Lc 5,1-11; Jn 1,35-51)
18 Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos,
Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar,
pues eran pescadores. 19 Y les dijo:
—Seguidme y os haré pescadores de hombres.
20 Ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron. 21
Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan
su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus
redes; y los llamó. 22 Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y
le siguieron.
23 Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas,
predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia del
pueblo.
24 Su fama se extendió por toda Siria; y le traían a todos los
que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los
endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curaba. 25 Y le seguían
grandes multitudes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado
del Jordán.
III. EL DISCURSO DE LA MONTAÑA
Las Bienaventuranzas
(Lc 6,20-26)
5
1 Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le
acercaron sus discípulos; 2 y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
3 —Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el
Reino de los Cielos.
4 »Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
5 »Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
6 »Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
porque quedarán saciados.
7 »Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán
misericordia.
8 »Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
9 »Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de
Dios.
10 »Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la
justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
11 »Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y,
mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. 12
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo:
de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.
Sal de la tierra. Luz del mundo
(Mc 4,21; Lc 11,33; 14,34-35)
13 »Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve
sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la
pisotee la gente.
14 »Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una
ciudad situada en lo alto de un monte; 15 ni se enciende una luz para
ponerla debajo de un º celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a
todos los de la casa. 16 Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para
que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en
los cielos.
Jesús y su doctrina, plenitud de la Ley
(Lc 6,27-36; 12,58-59; 16,17-18)
17 »No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no
he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. 18 En verdad os digo que
mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más
pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. 19 Así, el que quebrante
uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a
los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los
Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en
el Reino de los Cielos. 20 Os digo, pues, que si vuestra justicia no es
mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los
Cielos.
21 »Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que
mate será reo de juicio. 22 Pero yo os digo: todo el que se llene de ira
contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será
reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno.
23 Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano
tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, vete
primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu
ofrenda. 25 Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas
de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez
al alguacil y te metan en la cárcel. 26 Te aseguro que no saldrás de allí
hasta que restituyas la última moneda.
27 »Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. 28 Pero yo
os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido
adulterio en su corazón. 29 Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo
y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que
todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te
escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se
pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.
31 »Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le
dé el libelo de repudio. 32 Pero yo os digo que todo el que repudia a su
mujer –excepto en el caso de fornicación– la expone a cometer adulterio, y
el que se casa con la repudiada comete adulterio.
33 »También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás
en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. 34
Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el
trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni
por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. 36 Tampoco jures por tu
cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. 37 Que
vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto,
viene del Maligno.
38 »Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. 39
Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te
golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. 40 Al que quiera
entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto.
41 A quien te fuerce a andar una º milla, vete con él dos. 42 A quien te
pida, dale; y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado.
43 »Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu
enemigo. 44 Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que
os persigan, 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los
cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre
justos y pecadores. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa
tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? 47 Y Si saludáis solamente a
vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?
48 Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto.
Rectitud de intención: limosna, oración y ayuno
(Lc 11,1-4)
6
1 »Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de
que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está
en los cielos.
2 »Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como
hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que
los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
3 Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa
lo que hace tu mano derecha, 4 para que tu limosna quede en lo oculto; de
este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.
5 »Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de
orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para
exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su
recompensa. 6 Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu
aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto;
y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. 7 Y al orar no empleéis
muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a
ser escuchados. 8 Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro
Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. 9 Vosotros, en
cambio, orad así:
Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu Nombre;
10 venga tu Reino;
hágase tu voluntad,
como en el cielo, también en la tierra;
11 danos hoy nuestro pan cotidiano;
12 y perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos
a nuestros deudores;
13 y no nos pongas en tentación,
sino líbranos del mal.
14 »Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también
os perdonará vuestro Padre celestial. 15 Pero si no perdonáis a los
hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados.
16 »Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas,
que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad
os digo que ya recibieron su recompensa. 17 Tú, en cambio, cuando ayunes,
perfuma tu cabeza y lávate la cara, 18 para que no adviertan los hombres
que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo
oculto, te recompensará.
Confianza en la Providencia paternal de Dios
(Lc 12,22-34)
19 »No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la
herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. 20
Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la
herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. 21 Porque
donde está tu tesoro allí estará tu corazón.
22 »La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es
sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. 23 Pero si tu ojo es malicioso,
todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es
tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad!
24 »Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión a
uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al
segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas.
25 »Por eso os digo: no estéis preocupados por vuestra vida: qué
vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. ¿Es que no
vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad
las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y
vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más
que ellas? 27 ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un
solo codo a su estatura? 28 Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis?
Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, 29 y
yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de
ellos. 30 Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al
horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? 31
Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a
beber, con qué nos vamos a vestir? 32 Por todas esas cosas se afanan los
paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis
necesitados.
33 »Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas
cosas se os añadirán. 34 Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque
el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su
contrariedad.
Preceptos diversos: no juzgar al prójimo
(Mc 4,24; Lc 6,37-42)
7
1 No juzguéis para no ser juzgados. 2 Porque con el juicio con que
juzguéis se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá.
3 »¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano, y no
reparas en la viga que hay en el tuyo? 4 O ¿cómo vas a decir a tu hermano:
«Deja que saque la mota de tu ojo», cuando tú tienes una viga en el tuyo?
5 Hipócrita: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad
cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.
Respeto de las cosas santas
6 »No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras
perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y al revolverse
os despedacen.
Eficacia de la oración
(Lc 11,5-13)
7 »Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os
abrirá. 8 Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al
que llama, se le abrirá.
9 »¿Quién de entre vosotros, si un hijo suyo le pide un pan, le
da una piedra? 10 ¿O si le pide un pez le da una serpiente? 11 Pues si
vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto
más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo
pidan?
La «regla de oro»
(Lc 6,31)
12 »Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros,
hacedlo también vosotros con ellos: ésta es la Ley y los Profetas.
La puerta angosta
(Lc 13,22-30)
13 »Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y
ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran
por ella. 14 ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a
la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!
Los falsos profetas
(Lc 6,43-44)
15 »Guardaos bien de los falsos profetas, que se os acercan
disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. 16 Por sus frutos
los conoceréis: ¿es que se recogen uvas de los espinos o higos de las
zarzas? 17 Así, todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da
frutos malos. 18 Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un
árbol malo producir frutos buenos. 19 Todo árbol que no da buen fruto se
corta y se arroja al fuego. 20 Por tanto, por sus frutos los conoceréis.
Cumplir la voluntad de Dios
(Lc 13,25-30)
21 »No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino
de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los
cielos. 22 Muchos me dirán aquel día: «Señor, Señor, ¿no hemos profetizado
en tu nombre, y hemos expulsado los demonios en tu nombre, y hemos hecho
prodigios en tu nombre?» 23 Entonces yo declararé ante ellos: «Jamás os he
conocido: apartaos de mí, los que obráis la iniquidad».
Edificar sobre roca
(Lc 6,46-49)
24 »Por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone
en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; 25
y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron
contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.
26 »Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en
práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; 27 y
cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se
precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina.
Autoridad de la enseñanza de Jesús
28 Cuando terminó Jesús estos discursos las multitudes quedaron
admiradas de su enseñanza, 29 porque les enseñaba como quien tiene
potestad y no como los escribas.
IV. LOS MILAGROS DEL MESÍAS
Curación de un leproso
(Mc 1,40-45; Lc 5,12-16)
8
1 Al bajar del monte le seguía una gran multitud. 2 En esto, se le acercó
un leproso, se postró ante él y dijo:
—Señor, si quieres, puedes limpiarme.
3 Y extendiendo Jesús la mano, le tocó diciendo:
—Quiero, queda limpio.
Y al instante quedó limpio de la lepra.
4 Entonces le dijo Jesús:
—Mira, no lo digas a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y
lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.
La fe del centurión
(Lc 7,1-10; Jn 4,46-54)
5 AI entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:
6 —Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy
fuertes.
7 Jesús le dijo:
—Yo iré y le curaré.
8 Pero el centurión le respondió:
—Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo
digas de palabra y mi criado quedará sano. 9 Pues también yo soy un hombre
que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a
uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y
lo hace.
10 Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían:
—En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe
tan grande. 11 Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se
sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos,
12 mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas de
afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes.
13 Y le dijo Jesús al centurión:
—Vete y que se haga conforme has creído.
Y en aquel momento quedó sano el criado.
Curación de la suegra
de Pedro
(Mc 1,29-31; Lc 4,38-39)
14 Al llegar Jesús a casa de Pedro vio a la suegra de éste en
cama, con fiebre. 15 La tomó de la mano y le desapareció la fiebre;
entonces ella se levantó y se puso a servirle.
Otras curaciones
(Mc 1,32-34; Lc 4,40-41)
16 Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; expulsó a los
espíritus con su palabra y curó a todos los enfermos, 17 para que se
cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
Él tomó nuestras dolencias
y cargó con nuestras enfermedades.
Exigencias para el que sigue a Jesús
(Lc 9,57-62)
18 Al ver Jesús a la multitud que estaba a su alrededor, ordenó
marchar a la otra orilla. 19 Y se le acercó un escriba:
—Maestro, te seguiré adonde vayas –le dijo.
20 Jesús le contestó:
—Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus
nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
21 Otro de sus discípulos le dijo:
—Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.
22 —Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos –le
respondió Jesús.
La tempestad calmada
(Mc 4,35-41; Lc 8,22-25)
23 Se subió después a una barca, y le siguieron sus discípulos.
24 De repente se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas
cubrían la barca; pero él dormía. 25 Se le acercaron para despertarle
diciendo:
—¡Señor, sálvanos, que perecemos!
26 Jesús les respondió:
—¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe?
Entonces, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y
sobrevino una gran calma. 27 Los hombres se asombraron y dijeron:
—¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?
Los endemoniados de Gadara
(Mc 5,1-20; Lc 8,26-39)
28 Al llegar a la orilla opuesta, a la región de los gadarenos,
vinieron a su encuentro dos endemoniados, que salían de los sepulcros, tan
furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. 29 Y en esto, se
pusieron a gritar diciendo:
—¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí
antes de tiempo para atormentarnos?
30 Había no lejos de ellos una gran piara de cerdos paciendo. 31
Los demonios le suplicaban:
—Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos.
32 Les respondió:
—Id.
Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la
piara se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar y pereció en el
agua. 33 Los porqueros huyeron y, al llegar a la ciudad, contaron todas
estas cosas, y lo sucedido a los endemoniados. 34 Así que toda la ciudad
vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara
de su región.
Curación de un paralítico
(Mc 2,1-12; Lc 5,17-26)
9
1 Subió a una barca, cruzó de nuevo el mar y llegó a su ciudad. 2
Entonces, le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver
Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico:
—Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.
3 Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: «Éste
blasfema». 4 Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo:
—¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? 5 ¿Qué es más fácil
decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, y anda»? 6
Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra
para perdonar los pecados –se dirigió entonces al paralítico–, levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa.
7 Él se levantó y se fue a su casa. 8 Al ver esto, la gente se
atemorizó y glorificó a Dios por haber dado tal potestad a los hombres.
Vocación de Mateo
(Mc 2,13-17; Lc 5,27-32)
9 Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio,
que se llamaba Mateo, y le dijo:
—Sígueme.
Él se levantó y le siguió.
10 Ya en la casa, estando a la mesa, vinieron muchos publicanos
y pecadores y se sentaron también con Jesús y sus discípulos. 11 Los
fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos:
—¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?
12 Pero él lo oyó y dijo:
—No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. 13
Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio;
porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.
Cuestión sobre el ayuno
(Mc 2,18-22; Lc 5,33-39)
14 Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle:
—¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en
cambio, tus discípulos no ayunan?
15 Jesús les respondió:
—¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el
esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el
esposo; entonces, ya ayunarán.
16 »Nadie pone un remiendo de paño nuevo a un vestido viejo,
porque lo añadido tira del vestido y se produce un desgarrón peor. 17 Ni
se echa vino nuevo en odres viejos; porque entonces los odres revientan, y
el vino se derrama, y los odres se pierden. El vino nuevo lo echan en
odres nuevos y así los dos se conservan.
Resurrección de la hija de Jairo y curación de la hemorroísa
(Mc 5,21-43; Lc 8,40-56)
18 Mientras les decía estas cosas, un hombre importante se
acercó, se postró ante él y le dijo:
—Mi hija se acaba de morir, pero ven, pon la mano sobre ella y
vivirá.
19 Jesús se levantó y le siguió con sus discípulos.
20 En esto, una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce
años, acercándose por detrás, tocó el borde de su manto, 21 porque se
decía a sí misma: «Con sólo tocar su manto me curaré». 22 Jesús se volvió
y mirándola le dijo:
—Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.
Y desde ese mismo momento quedó curada la mujer.
23 Cuando llegó Jesús a la casa de aquel hombre y vio a los
músicos fúnebres y a la gente alterada, comenzó a decir:
24 —Retiraos; la niña no ha muerto, sino que duerme.
Pero se reían de él. 25 Y, cuando echaron de allí a la gente,
entró, la tomó de la mano y la niña se levantó.
26 Y esta noticia corrió por toda aquella comarca.
Curación de dos ciegos
El demonio mudo
(Lc 11,14-15)
27 Al marcharse Jesús de allí, le siguieron dos ciegos diciendo a
gritos:
—¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!
28 Cuando llegó a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les
dijo:
—¿Creéis que puedo hacer eso?
—Sí, Señor –le respondieron.
29 Entonces les tocó los ojos diciendo:
—Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe.
30 Y se les abrieron los ojos. Pero Jesús les ordenó
severamente:
—Mirad que nadie lo sepa.
31 Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia
por toda aquella comarca.
32 Nada más irse, le trajeron un endemoniado mudo. 33 Después de
expulsar al demonio habló el mudo. Y la multitud se quedó admirada
diciendo:
—Jamás se ha visto cosa igual en Israel.
34 Pero los fariseos decían:
—Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios.
Necesidad de buenos pastores
(Mc 6,34; Lc 10,2)
35 Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus
sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las
enfermedades y dolencias.
36 Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas,
porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.
37 Entonces les dijo a sus discípulos:
—La mies es mucha, pero los obreros pocos. 38 Rogad, por tanto,
al señor de la mies que envíe obreros a su mies.
V. DEL ANTIGUO AL NUEVO PUEBLO DE DIOS
Elección de los Doce Apóstoles
(Mc 3,13-19; Lc 6,12-16)
10
1 Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a
los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. 2
Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro,
y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; 3 Felipe y
Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; 4
Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.
Primera misión de los Apóstoles (10,5-15)
(Mc 6,6-13; Lc 9,1-6)
5 A estos doce los envió Jesús, después de darles estas
instrucciones:
—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de
samaritanos; 6 sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
7 Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca». 8 Curad a los
enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los
demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. 9 No llevéis
oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, 10 ni alforja para el camino,
ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su
sustento.
11 »En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre
quién hay en ella que sea digno; y quedaos allí hasta que os vayáis. 12 Al
entrar en una casa dadle vuestro saludo. 13 Si la casa fuera digna, venga
vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, que vuestra paz vuelva a
vosotros. 14 Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir
de aquella casa o ciudad, sacudíos el polvo de los pies. 15 En verdad os
digo que en el día del Juicio la tierra de Sodoma y Gomorra será tratada
con menos rigor que esa ciudad.
Instrucciones de Jesús para la misión apostólica (10,16-42)
(Mc 13,9-13; Lc 12,1-12.49-53; 21,12-17)
16 »Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por
eso, sed sagaces como las serpientes y sencillos como las palomas. 17
Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os
azotarán en sus sinagogas, 18 y seréis llevados ante los gobernadores y
reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles.
19 Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué debéis decir;
porque en aquel momento se os comunicará lo que vais a decir. 20 Pues no
sois vosotros los que vais a hablar, sino que será el Espíritu de vuestro
Padre quien hable en vosotros. 21 Entonces el hermano entregará a la
muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra
los padres para hacerles morir. 22 Y todos os odiarán a causa de mi
nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará. 23 Cuando os
persigan en una ciudad, huid a otra; en verdad os digo que no acabaréis
las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre.
24 »No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo
por encima de su señor. 25 Al discípulo le basta llegar a ser como su
maestro, y al siervo como su señor. Si al amo de la casa le han llamado
Beelzebul, cuánto más a los de su misma casa. 26 No les tengáis miedo,
porque nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no
llegue a saberse. 27 Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz;
y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. 28 No
tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma;
temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. 29
¿No se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de
ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. 30 En cuanto a
vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. 31
Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.
32 »A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo
le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. 33 Pero al que me
niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre
que está en los cielos.
34 »No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he
venido a traer la paz sino la espada. 35 Porque he venido a enfrentar
al hombre contra su padre,
a la hija contra su madre
y a la nuera contra su suegra.
36 Y los enemigos del hombre
serán los de su misma casa.
37 »Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno
de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
38 Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39 Quien encuentre
su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará.
40 »Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me
recibe a mí, recibe al que me ha enviado. 41 Quien recibe a un profeta por
ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por
ser justo obtendrá recompensa de justo. 42 Y cualquiera que dé de beber
tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de
ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.
Embajada de San Juan Bautista (11,1-15)
(Lc 7,18-30)
11
1 Cuando terminó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue
de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.
2 Entretanto Juan, que en la cárcel había tenido noticia de las obras de
Cristo, envió a preguntarle por mediación de sus discípulos:
3 —¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?
4 Y Jesús les respondió:
—Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: 5 los
ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos
oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. 6
Y bienaventurado el que no se escandalice de mí.
7 Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la
multitud:
—¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el
viento? 8 Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos
ropajes? Daos cuenta de que los que llevan finos ropajes se encuentran en
los palacios reales. 9 Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí,
os lo aseguro, y más que un profeta. 10 Este es de quien está escrito:
Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti,
para que vaya preparándote el camino.
11 »En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de
mujer nadie mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el Reino de
los Cielos es mayor que él.
12 »Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de
los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan. 13 Porque
todos los Profetas y la Ley profetizaron hasta Juan. 14 Y si queréis
comprenderlo, él es Elías, el que va a venir. 15 El que tenga oídos, que
oiga.
Reproches contra la incredulidad (11,16-19)
(Lc 7,31-35)
16 »¿Con quién voy a comparar esta generación? Se parece a unos
niños que se sientan en las plazas y les reprochan a sus compañeros:
17 «Hemos tocado para vosotros la flauta
y no habéis bailado;
hemos cantado lamentaciones
y no habéis hecho duelo».
18 »Porque ha venido Juan, que no come ni bebe, y dicen: «Tiene
un demonio». 19 Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen:
«Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores».
»Pero la sabiduría queda acreditada por sus propias obras.
Jesús increpa a las ciudades incrédulas (11,20-24)
(Lc 10,13-16)
20 Entonces se puso a reprochar a las ciudades donde se habían
realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido:
21 —¡Ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y
en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han obrado en vosotras,
hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. 22 Sin embargo,
os digo que en el día del Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos
rigor que vosotras.
23 »Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo?
¡Hasta los infiernos vas a descender! Porque si en Sodoma hubieran sido
realizados los milagros que se han obrado en ti, perduraría hasta hoy. 24
En verdad os digo que en el día del Juicio la tierra de Sodoma será
tratada con menos rigor que tú.
Acción de gracias de Jesús (11,25-30)
(Lc 10,21-24)
25 En aquella ocasión Jesús declaró:
—Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los
pequeños. 26 Sí Padre, porque así te ha parecido bien. 27 Todo me lo ha
entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce
al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
28 »Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os
aliviaré. 29 Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso
y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: 30
porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.
Cuestión sobre el sábado (12,1-14)
(Mc 2,23-28; Lc 6,1-5)
12
1 En aquel tiempo pasaba Jesús un sábado por entre unos sembrados; sus
discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer.
2 Los fariseos, al verlo, le dijeron:
—Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer el sábado.
3 Pero él les respondió:
—¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban
cuando tuvieron hambre? 4 ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes
de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que le
acompañaban, sino sólo a los sacerdotes? 5 ¿Y no habéis leído en la Ley
que, los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no
pecan? 6 Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. 7 Si
hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no
sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. 8 Porque el Hijo del
Hombre es señor del sábado.
Curación del hombre de la mano seca
(Mc 3,1-6; Lc 6,6-11)
9 Cuando salió de allí, entró en su sinagoga 10 donde había un
hombre que tenía una mano seca. Y le interrogaban para acusarle:
—¿Es lícito curar en sábado?
11 Él les respondió:
—¿Quién de vosotros, si tiene una oveja, y el sábado se le cae
dentro de un hoyo, no la agarra y la saca? 12 Pues cuánto más vale un
hombre que una oveja. Por tanto, es lícito hacer el bien en sábado.
13 Entonces le dijo al hombre:
—Extiende tu mano.
Y la extendió y quedó sana como la otra.
14 Al salir, los fariseos se pusieron de acuerdo contra él, para
ver cómo perderle.
Jesús, Siervo de Dios (12,15-21)
15 Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y
los curó a todos, 16 y les ordenó que no le descubriesen, 17 para que se
cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
18 Aquí está mi Siervo, a quien elegí,
mi amado, en quien se complace mi alma.
Pondré mi Espíritu sobre él
y anunciará la justicia a las naciones.
19 No disputará ni gritará,
nadie oirá su voz en las plazas.
20 No quebrará la caña cascada,
ni apagará la mecha humeante,
hasta que haga triunfar la justicia.
21 Y en su nombre pondrán su esperanza
las naciones.
Calumnia de los fariseos
Pecado contra el Espíritu Santo (12,22-37)
(Mc 3,22-30; Lc 6,43-45; 11,14-26)
22 Entonces le trajeron un endemoniado ciego y mudo. Y lo curó,
de manera que el mudo hablaba y veía. 23 Y toda la multitud se asombraba y
decía:
—¿No será éste el Hijo de David?
24 Pero los fariseos, al oírlo, dijeron:
—Éste no expulsa los demonios sino por Beelzebul, el príncipe de
los demonios.
25 Jesús, que conocía sus pensamientos, les replicó:
—Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado, y toda
ciudad o casa dividida contra sí misma no se sostendrá. 26 Si Satanás
expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo. ¿Cómo entonces se
sostendrá su reino? 27 Y si yo expulso los demonios por Beelzebul,
vuestros hijos ¿por quién los expulsan? Por eso, ellos serán vuestros
jueces. 28 Pero si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, es que
el Reino de Dios ha llegado a vosotros. 29 ¿Cómo puede alguien entrar en
la casa de uno que es fuerte y arrebatarle sus bienes, si antes no ata al
que es fuerte? Sólo entonces podrá arrebatarle su casa. 30 El que no está
conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.
31 »Por lo tanto, os digo que todo pecado y blasfemia se les
perdonará a los hombres; pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no
será perdonada. 32 A cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del
Hombre se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo no se
le perdonará ni en este mundo ni en el venidero.
33 »O hacéis bueno el árbol y bueno su fruto, o hacéis malo el
árbol y malo su fruto; porque por el fruto se conoce el árbol. 34 Raza de
víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas, siendo malos? Pues de la
abundancia del corazón habla la boca. 35 El hombre bueno saca del buen
tesoro cosas buenas, pero el hombre malo saca del tesoro malo cosas malas.
36 Os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres darán cuenta en
el día del Juicio. 37 Por tus palabras, pues, serás justificado, y por tus
palabras serás condenado.
La señal de Jonás (12,38-45)
(Lc 11,24-26.29-32)
38 Entonces algunos escribas y fariseos se dirigieron a él:
—Maestro, queremos ver de ti una señal.
39 Él les respondió:
—Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se
le dará otra señal que la del profeta Jonás. 40 Igual que estuvo Jonás en
el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del
Hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches. 41 Los
hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la
condenarán: porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y daos
cuenta de que aquí hay algo más que Jonás. 42 La reina del Sur se
levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará: porque vino
de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y daos
cuenta de que aquí hay algo más que Salomón.
43 »Cuando el espíritu impuro ha salido de un hombre, vaga por
lugares áridos en busca de descanso, pero no lo encuentra. 44 Entonces
dice: «Volveré a mi casa, de donde salí». Y al llegar la encuentra
desocupada, bien barrida y en orden. 45 Entonces va, toma consigo otros
siete espíritus peores que él, y entrando se instalan allí, con lo que la
situación final de aquel hombre resulta peor que la primera. Lo mismo le
ocurrirá a esta generación perversa.
El verdadero parentesco con Jesús (12,46-50)
(Mc 3,31-35; Lc 8,19-21)
46 Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y
sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. 47 Alguien le
dijo entonces:
—Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar
contigo.
48 Pero él respondió al que se lo decía:
—¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
49 Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
—Éstos son mi madre y mis hermanos. 50 Porque todo el que hace
la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi
hermana y mi madre.
VI. LAS PARÁBOLAS DEL REINO
(13,1-52)
Parábola del sembrador. Sentido de las parábolas (13,1-23)
(Mc 4,1-20; Lc 8,4-15)
13
1Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. 2 Se reunió
en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en
una barca, mientras toda la multitud permanecía en la playa. 3 Y se puso a
hablarles muchas cosas con parábolas:
—Salió el sembrador a sembrar. 4 Y al echar la semilla, parte
cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte
cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por
no ser hondo el suelo; 6 pero al salir el sol, se agostó y se secó porque
no tenía raíz. 7 Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la
ahogaron. 8 Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto,
una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. 9 El que tenga
oídos, que oiga.
10 Los discípulos se acercaron a decirle:
—¿Por qué les hablas con parábolas?
11 Él les respondió:
—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del
Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. 12 Porque al que
tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo
que tiene se le quitará. 13 Por eso les hablo con parábolas, porque viendo
no ven, y oyendo no oyen ni entienden. 14 Y se cumple en ellos la profecía
de Isaías, que dice:
Con el oído oiréis, pero no entenderéis;
con la vista miraréis, pero no veréis.
15 Porque se ha embotado el corazón
de este pueblo,
han hecho duros sus oídos,
y han cerrado sus ojos;
no sea que vean con los ojos,
y oigan con los oídos,
y entiendan con el corazón y se conviertan,
y yo los sane.
16 »Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y
vuestros oídos porque oyen. 17 Porque en verdad os digo que muchos
profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír
lo que estáis oyendo y no lo oyeron.
18 »Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. 19 A
todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y
arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino.
20 Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al
momento la recibe con alegría; 21 pero no tiene en sí raíz, sino que es
inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la
palabra, enseguida tropieza y cae. 22 Lo sembrado entre espinos es el que
oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de
las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. 23 Y lo sembrado en buena
tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el
ciento, o el sesenta, o el treinta.
Parábola de la cizaña (13,24-52)
24 Les propuso otra parábola:
—El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena
semilla en su campo. 25 Pero, mientras dormían los hombres, vino su
enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 26 Cuando brotó la
hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. 27 Los siervos
del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla
en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» 28 Él les dijo: «Algún enemigo lo
habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a
arrancarla?» 29 Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar
la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. 30 Dejad que crezcan
juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores:
“Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo,
en cambio, almacenadlo en mi granero”».
Parábolas del grano de mostaza y de la levadura
(Mc 4,30-34; Lc 13,18-21)
31 Les propuso otra parábola:
—El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un
hombre y lo sembró en su campo; 32 es, sin duda, la más pequeña de todas
las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y
llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo
acuden a anidar en sus ramas.
33 Les dijo otra parábola:
—El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y
la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.
34 Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas
y no les solía hablar nada sin parábolas, 35 para que se cumpliese lo
dicho por medio del Profeta:
Abriré mi boca con parábolas,
proclamaré las cosas que estaban ocultas
desde la creación del mundo.
Explicación de la parábola de la cizaña
36 Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la
casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:
—Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
Él les respondió:
37 —El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; 38 el
campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son
los hijos del Maligno. 39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega
es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. 40 Del mismo modo que
se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. 41
El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos
los que causan escándalo y obran la maldad, 42 y los arrojarán en el horno
del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. 43 Entonces los justos
brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que
oiga.
Parábolas del tesoro escondido,
de la perla y de la red
44 »El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el
campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y
vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.
45 »Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que
busca perlas finas 46 y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y
vende todo cuanto tiene y la compra.
47 »Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera
que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. 48 Y cuando está llena
la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo
malo tirarlo fuera. 49 Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y
separarán a los malos de entre los justos 50 y los arrojarán al horno del
fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
51 »¿Habéis entendido todo esto?
—Sí –le respondieron.
52 Él les dijo:
—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es
como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas
antiguas.
VII. JESÚS SE RETIRA A LAS REGIONES CERCANAS
(13,53-16,20)
Nadie es profeta en su tierra (13,53-58)
(Mc 6,1-6; Lc 4, 16-30)
53 Cuando terminó Jesús estas parábolas se marchó de allí. 54 Y
al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que
se quedaban admirados y decían:
—¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? 55 ¿No
es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos
Santiago, José, Simón y Judas? 56 Y sus hermanas ¿no viven todas entre
nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?
57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:
—No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su
casa.
58 Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.
Martirio de San Juan Bautista (14,1-12)
(Mc 6,14-29; Lc 3,19-20)
14
1 En aquel entonces oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús 2 y les dijo
a sus cortesanos:
—Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los
muertos, y por eso actúan en él esos poderes.
3 Herodes, en efecto, había apresado a Juan, lo había encadenado
y lo había metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano
Filipo, 4 porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». 5 Y aunque
quería matarlo, tenía miedo del pueblo porque lo consideraban un profeta.
6 El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de
Herodías y le gustó tanto a Herodes, 7 que juró darle cualquier cosa que
pidiese. 8 Ella, instigada por su madre, dijo:
—Dame aquí, en esta bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.
9 El rey se entristeció, pero por el juramento y por los
comensales ordenó dársela. 10 Y mandó decapitar a Juan en la cárcel. 11
Trajeron su cabeza en la bandeja y se la dieron a la muchacha, que la
entregó a su madre. 12 Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo
muerto, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.
Primera multiplicación de los panes (14,13-21)
(Mc 6,30-44; Lc 9,10-17; Jn 6,1-15)
13 Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar
apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las
ciudades. 14 Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de
compasión por ella y curó a los enfermos. 15 Al atardecer se acercaron sus
discípulos y le dijeron:
—Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la
gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos.
16 Pero Jesús les dijo:
—No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer.
17 Ellos le respondieron:
—Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
18 Él les dijo:
—Traédmelos aquí.
19 Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó
los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la
bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a
la gente. 20 Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los
trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. 21 Los que comieron
eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Jesús camina sobre las aguas (14,22-33)
(Mc 6,45-52; Jn 6,16-21)
22 Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la
barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la
gente. 23 Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando
se hizo de noche seguía él solo allí. 24 Mientras tanto, la barca ya se
había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el
viento le era contrario. 25 En la cuarta vigilia de la noche vino hacia
ellos caminando sobre el mar. 26 Cuando le vieron los discípulos andando
sobre el mar, se asustaron y dijeron:
—¡Es un fantasma! –y llenos de miedo empezaron a gritar.
27 Pero al instante Jesús les habló:
—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.
28 Entonces Pedro le respondió:
—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
29 —Ven –le dijo él.
Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en
dirección a Jesús. 30 Pero al ver que el viento era muy fuerte se
atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:
—¡Señor, sálvame!
31 Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:
—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
32 Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. 33 Los que
estaban en la barca le adoraron diciendo:
—Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Curaciones en Genesaret (14,34-36)
(Mc 6,53-56)
34 Acabaron la travesía y llegaron a tierra a la altura de
Genesaret. 35 Al reconocerlo los hombres de aquel lugar mandaron aviso a
toda la comarca y le trajeron a todos los que se sentían mal, 36 y le
suplicaban poder tocar aunque sólo fuera el borde su manto. Y todos los
que lo tocaron quedaron sanos.
Las tradiciones de los antiguos
La verdadera pureza (15,1-20)
(Mc 7,1-23)
15
1 Por entonces unos fariseos y escribas de Jerusalén se acercaron a Jesús
y le dijeron:
2 —¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores?
Pues, cuando comen pan, no se lavan las manos.
3 Él les respondió:
—¿Y por qué vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por
vuestra tradición? 4 Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre. Y el
que maldiga a su padre o a su madre, que sea castigado con la muerte. 5
Vosotros, en cambio, decís que si alguien le dice a su padre o a su madre:
«Que sea declarada ofrenda cualquier cosa que pudieras recibir de mí», 6
ése ya no tiene obligación de honrar a su padre. Así habéis anulado la
palabra de Dios por vuestra tradición. 7 Hipócritas, bien profetizó de
vosotros Isaías cuando dijo:
8 Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está muy lejos de mí.
9 Inútilmente me dan culto,
mientras enseñan doctrinas
que son preceptos humanos.
10 Y después de llamar a la multitud les dijo:
—Escuchad y entendedlo bien. 11 Lo que entra por la boca no hace
impuro al hombre, sino lo que sale de la boca: eso sí hace impuro al
hombre.
12 Entonces se acercaron los discípulos a decirle:
—¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tus
palabras?
13 Pero él les respondió:
—Toda planta que no plantó mi Padre celestial será arrancada. 14
Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego,
los dos caerán en el hoyo.
15 Pedro entonces tomó la palabra y le dijo:
—Explícanos esa parábola.
16 Él respondió:
—¿También vosotros sois todavía incapaces de entender? 17 ¿No
sabéis que todo lo que entra por la boca pasa al vientre y luego se echa
en la cloaca? 18 Por el contrario, lo que sale de la boca procede del
corazón, y eso es lo que hace impuro al hombre. 19 Porque del corazón
proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las
fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias. 20
Estas cosas son las que hacen al hombre impuro; pero el comer sin lavarse
las manos no hace impuro al hombre.
La mujer cananea (15,21-28)
(Mc 7,24-30)
21 Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de
Tiro y Sidón. 22 En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos,
se puso a gritar:
—¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída
cruelmente por el demonio.
23 Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron
sus discípulos para rogarle:
—Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de
nosotros.
24 Él respondió:
—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de
Israel.
25 Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:
—¡Señor, ayúdame!
26 Él le respondió:
—No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los
perrillos.
27 Pero ella dijo:
—Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las
migajas que caen de la mesa de sus amos.
28 Entonces Jesús le respondió:
—¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.
Y su hija quedó sana en aquel instante.
Curación de muchos enfermos (15,29-31)
29 Y cuando Jesús se marchó de aquel lugar, vino junto al mar de
Galilea, subió al monte y se sentó allí. 30 Acudió a él mucha gente que
traía consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y
los pusieron a sus pies, y él los curó; 31 de tal modo que se maravillaba
la multitud viendo hablar a los mudos y restablecerse a los lisiados,
andar a los cojos y ver a los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel.
Segunda multiplicación de los panes (15,32-39)
(Mc 8,1-10)
32 Jesús llamó a sus discípulos y dijo:
—Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días
conmigo y no tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no vaya
a ser que desfallezcan en el camino.
33 Pero le decían los discípulos:
—¿De dónde vamos a sacar en un desierto panes suficientes para
alimentar a tan gran muchedumbre?
34 Jesús les dijo:
—¿Cuántos panes tenéis?
—Siete y unos pocos pececillos –respondieron ellos.
35 Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo.
36 Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió
y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud.
37 Y comieron todos y quedaron satisfechos. Con los trozos
sobrantes recogieron siete espuertas llenas. 38 Los que comieron eran
cuatro mil hombres sin contar mujeres y niños. 39 Después de despedir a la
muchedumbre, subió a la barca y se fue a los confines de Magadán.
Insidias de fariseos y saduceos (16,1-12)
(Mc 8,11-21; Lc 12,54-56)
16
1 Se acercaron los fariseos y saduceos y, para tentarle, le rogaron que
les hiciera ver una señal del cielo. 2 Él les respondió:
—Al atardecer decís que va a hacer buen tiempo, porque está el
cielo arrebolado; 3 y por la mañana, que hoy habrá tormenta, porque el
cielo está rojizo y sombrío. ¿Así que sabéis descubrir el aspecto del
cielo y no podéis descubrir los signos de los tiempos? 4 Esta generación
perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la
de Jonás.
Y los dejó y se marchó.
5 Al pasar los discípulos a la otra orilla se olvidaron de
llevar panes. 6 Jesús les dijo:
—Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y
saduceos.
7 Pero ellos comentaban entre sí: «No hemos traído panes». 8 Al
darse cuenta Jesús, dijo:
—Hombres de poca fe. ¿Por qué vais comentando entre vosotros que
no tenéis panes? 9 ¿Todavía no entendéis? ¿No os acordáis de los cinco
panes para los cinco mil hombres y de cuántos cestos recogisteis? 10 ¿Ni
de los siete panes para los cuatro mil hombres y de cuántas espuertas
recogisteis? 11 ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos
de la levadura de los fariseos y saduceos.
12 Entonces comprendieron que no se había referido a guardarse
de la levadura del pan, sino de la enseñanza de los fariseos y saduceos.
Confesión y primado de San Pedro (16,13-20)
(Mc 8,27-30; Lc 9,18-21)
13 Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó
a preguntar a sus discípulos:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
14 Ellos respondieron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que
Jeremías o alguno de los profetas.
15 Él les dijo:
—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
16 Respondió Simón Pedro:
—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
17 Jesús le respondió:
—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha
revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los
cielos. 18 Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. 19 Te
daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la
tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra
quedará desatado en los cielos.
20 Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que
él era el Cristo.
SEGUNDA PARTE
MINISTERIO CAMINO DE JERUSALÉN
(§ 16,21-20-34)
VIII. HACIA JUDEA Y JERUSALÉN
(16,21-17,27)
Jesús predice su Pasión y su Gloria
La ley de la renuncia cristiana (16,21-28)
(Mc 8,31-9,1; Lc 9,22-27)
21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos
que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de
los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la
muerte y resucitar al tercer día.
22 Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo:
—¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso.
23 Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo:
—¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no
sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.
24 Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:
—Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo,
que tome su cruz y que me siga. 25 Porque el que quiera salvar su vida la
perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.
26 »Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero
si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? 27
Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado
de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. 28 En
verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la
muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.
La Transfiguración (17,1-13)
(Mc 9,2-13; Lc 9,28-36)
17
1 Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su
hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. 2 Y se transfiguró
ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y
sus vestidos blancos como la luz. 3 En esto, se les aparecieron Moisés y
Elías hablando con él. 4 Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:
—Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres
tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
5 Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y
una voz desde la nube dijo:
—Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido:
escuchadle.
6 Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. 7
Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:
—Levantaos y no tengáis miedo.
8 Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. 9 Mientras
bajaban del monte, Jesús les ordenó:
—No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya
resucitado de entre los muertos.
10 Sus discípulos le preguntaron:
—¿Por qué entonces dicen los escribas que Elías debe venir
primero?
11 Él les respondió:
—Elías ciertamente vendrá y restablecerá todas las cosas. 12
Pero yo os digo que Elías ya ha venido y no lo han reconocido, sino que
han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del Hombre va a
padecer a manos de ellos.
13 Entonces comprendieron los discípulos que les hablaba de Juan
el Bautista.
Curación del muchacho lunático (17,14-20)
(Mc 9,14-29; Lc 9,37-43)
14 Al llegar donde la multitud, se acercó a él un hombre, se
puso de rodillas 15 y le suplicó:
—Señor, ten compasión de mi hijo, porque está lunático y sufre
mucho; muchas veces se cae al fuego y otras al agua. 16 Lo he traído a tus
discípulos y no lo han podido curar.
17 Jesús contestó:
—¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que
estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo aquí.
18 Le increpó Jesús y salió de él el demonio, y quedó curado el
muchacho desde aquel momento.
19 Luego los discípulos se acercaron a solas a Jesús y le
dijeron:
—¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?
20 —Por vuestra poca fe –les dijo–. Porque os aseguro que si
tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este monte:
«Trasládate de aquí allá», y se trasladaría, y nada os sería imposible.
(21)
Segundo anuncio de la Pasión. Tributo al Templo
(17,22-27)
(Mc 9,30-32; Lc 9,43-45)
22 Cuando estaban en Galilea les dijo Jesús:
—El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres,
23 y lo matarán, pero al tercer día resucitará.
Y se pusieron muy tristes.
24 Al llegar a Cafarnaún, se acercaron a Pedro los recaudadores
del tributo y le dijeron:
—¿No va a pagar vuestro Maestro el tributo?
25 —Sí –respondió.
Al entrar en la casa se anticipó Jesús y le dijo:
—¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes reciben tributo o censo los
reyes de la tierra: de sus hijos o de los extraños?
26 Al responderle que de los extraños, le dijo Jesús:
—Luego los hijos están exentos; 27 pero para no escandalizarlos,
vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que pique sujétalo, ábrele la
boca y encontrarás un estáter; lo tomas y lo das por mí y por ti.
IX. DISCURSO SOBRE LA VIDA EN LA IGLESIA
(18,1-20-34)
Los «pequeños» y el Reino
El escándalo. La oveja perdida (18,1-14)
(Mc 9,33-50; Lc 9,46-50; 17,1-3; 15,4-7)
18
1 En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
—¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?
2 Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos 3 y dijo:
—En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los
niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. 4 Pues todo el que se
humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; 5 y el
que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. 6 Pero al que
escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le
colgasen al cuello una piedra de molino, de las que mueve un asno, y lo
hundieran en el fondo del mar. 7 ¡Ay del mundo por los escándalos! Es
inevitable que vengan los escándalos. Sin embargo, ¡ay del hombre por cuya
culpa se produce el escándalo! 8 Si tu mano o tu pie te escandaliza,
córtatelo y arrójalo lejos de ti. Más te vale entrar en la Vida manco o
cojo, que con las dos manos o los dos pies ser arrojado al fuego eterno. 9
Y si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y tíralo lejos de ti. Más te vale
entrar tuerto en la Vida, que con los dos ojos ser arrojado al fuego del
infierno.
10 »Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os
digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi
Padre que está en los cielos. (11).
12 »¿Qué os parece? Si a un hombre que tiene cien ovejas se le
pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte y saldrá a
buscar la que se le había perdido? 13 Y si llega a encontrarla, os aseguro
que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían
perdido. 14 Del mismo modo, no es voluntad de vuestro Padre que está en
los cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños.
Corrección fraterna
Poderes de los Apóstoles (18,15-20)
(Lc 17,3-4)
15 »Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú
con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 16 Si no escucha, toma
entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la
palabra de dos o tres testigos. 17 Pero si no quiere escucharlos, díselo a
la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y
publicano.
18 »Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado
en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el
cielo.
19 »Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de
acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que
está en los cielos se lo concederá. 20 Pues donde hay dos o tres reunidos
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Perdón de las ofensas
Parábola del siervo despiadado (18,21-35)
(Lc 17,3-4)
21 Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:
—Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando
peque contra mí? ¿Hasta siete?
22 Jesús le respondió:
—No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces
siete. 23 Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso
arreglar cuentas con sus siervos. 24 Puesto a hacer cuentas, le
presentaron uno que le debía diez mil talentos. 25 Como no podía pagar, el
señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que
tenía, y que así pagase. 26 Entonces el siervo, se echó a sus pies y le
suplicaba: «Ten paciencia conmigo y te pagaré todo». 27 El señor,
compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. 28 Al
salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien
denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: «Págame lo que me debes».
29 Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: «Ten paciencia
conmigo y te pagaré». 30 Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en
la cárcel, hasta que pagase la deuda. 31 Al ver sus compañeros lo
ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había
pasado. 32 Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado,
yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. 33 ¿No debías
tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?»
34 Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda
la deuda. 35 Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada
uno no perdona de corazón a su hermano.
Matrimonio y virginidad (19,1-12)
(Mc 10,1-12)
19
1 Cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la
región de Judea, al otro lado del Jordán. 2 Y le siguieron grandes
multitudes, y allí les curó. 3 Se acercaron entonces a él unos fariseos y
le preguntaron para tentarle:
—¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier
motivo?
4 Él respondió:
—¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y
mujer, 5 y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se
unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? 6 De modo que ya no son
dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo
separe el hombre.
7 Ellos le replicaron:
—¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y
despedirla?
8 Él les respondió:
—Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la
dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. 9 Sin embargo, yo
os digo: cualquiera que repudie a su mujer –a no ser por fornicación– y se
case con otra, comete adulterio.
10 Le dicen los discípulos:
—Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no
trae cuenta casarse.
11 —No todos son capaces de entender esta doctrina –les
respondió él–, sino aquellos a quienes se les ha concedido. 12 En efecto,
hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; también hay eunucos
que han quedado así por obra de los hombres; y los hay que se han hecho
eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de
entender, que entienda.
Jesús bendice a los niños (19,13-15)
(Mc 10,13-16; Lc 18,15-17)
13 Entonces le presentaron unos niños para que les impusiera las
manos y orase; pero los discípulos les reñían. 14 Ante esto, Jesús dijo:
—Dejad a los niños y no les impidáis que vengan conmigo, porque
de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.
15 Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.
El joven rico. Pobreza y entrega cristianas
(19,16-30)
(Mc 10,17-31; Lc 18,18-30)
16 Y se le acercó uno, y le dijo:
—Maestro, ¿qué obra buena debo hacer para alcanzar la vida
eterna?
17 Él le respondió:
—¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno sólo es el bueno.
Pero si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos.
18 —¿Cuáles? –le preguntó.
Jesús le respondió:
—No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso
testimonio, 19 honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a
ti mismo.
20 —Todo esto lo he guardado –le dijo el joven–. ¿Qué me falta
aún?
21 Jesús le respondió:
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